El CISM recuerda a una misión añeja, de las que a veces recupera el cine para el gran público pero que siguen existiendo tal cual en algunos países de África. Sus trabajadores, algunos deambulando casi en silencio, luciendo sus batas blancas, se asemejan a cartujos. Son verdaderos misioneros de la ciencia que rezan a base de estudios, investigaciones y avances. Se escuchan los pájaros desde lo alto de las palmeras y los jardines son sobrios -como todo el conjunto-, pero cuidados con esmero. Sólo alguna cámara de vigilancia imposible de camuflar nos recuerda que, aunque estemos a más de 10.000 kilómetros de España, los estándares han de mantenerse.
En la sala de investigadores se escuchan las teclas de los ordenadores. En el laboratorio, el chasquido de las láminas de cristal con las muestras de sangre al deslizarse bajo la lente de los microscopios.
La quietud la rompe de manera casi gloriosa un grupo de trabajadores que se reúne para entonar cánticos religiosos después de comer bajo la construcción circular de madera y techumbre de paja que también sirve de punto de encuentro y pausa para el café. Lástima que estas páginas no puedan recoger ese sonido.
En la calle que separa el CISM del hospital los niños corretean descalzos o perdiendo sus chanclas detrás de coches fabricados con latas o empujando ruedas viejas de bicicletas sin la cubierta que golpean el asfalto cuesta abajo.
Un grupo de madres apura las últimas horas de su embarazo en improvisada tertulia tendidas en el suelo a las puertas de un pequeño pabellón donde las mantienen concentradas. Han llegado de fuera para dar a luz y se quejan de que ellas mismas son su única compañía a falta de familiares. Unas han dejado en casa varios niños. Otras se estrenan con la infancia recién perdida.
Manhiça es un pueblo demasiado normal, con tráfico sólo en la carretera que lo corta por el medio y que asciende desde Maputo hacia el norte de Mozambique.
Demasiado normal si no fuera por la malaria y otras enfermedades como el sida, la tuberculosis, la diarrea o las neumonías que mantienen al CISM en constante ebullición y evolución.
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